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HOMENAJE
Homenaje a Emilio Civit
Cuando
hoy, gobernar se asemeja a una práctica limitada por el
imperio de las encuestas y el impacto mediático, y no
servir con idoneidad política a la ciudadanía, evocar la
figura de Emilio Civit podría verse como un ejercicio de
ociosidad nostálgica. Probablemente la causa de ello sea
la imposibilidad de los últimos gobiernos mendocinos de
plasmar en realidades, aún con mayores posibilidades de
éxito, aquellas ideas superiores que denominamos utopías
y que, para un gobernante con visión, son metas.
Como
estadista, soñó y planificó conforme a las posibilidades
del momento, actuando siempre con valentía y
convicciones claras en pos de un único objetivo: hacer
grandes a su patria y a su provincia. Por eso, no es
menor el homenaje que le rinde Félix Luna haciéndole
decir a Julio A. Roca: “Así como Civit revolucionó su
Mendoza natal impulsando el sistema de riego, también
transformó la fisonomía del país con obras útiles que
son el mejor monumento a su memoria”.
No fue un
intelectual como Agustín Álvarez o Julián Barraquero, y
careció de la sutileza que distinguía a su padre
Francisco. Fue un político de acción cuyo discurso
estuvo subordinado a la necesidad de sus obras. Con
todo, nunca cedió en sus principios, ni permitió que el
pragmatismo o la ventaja pequeña se interpusieran a la
dignidad. Quiso los cargos que tuvo y luchó por ellos,
en la medida que los mismos le posibilitasen concretar
sus ideas. Pero estaba lejos de toda vanidad personal,
conocedor, con secreto orgullo, de su valía humana y su
capacidad política.
Recibió el
ataque impiadoso de muchos de sus contemporáneos, por
su trato áspero y poco afecto al debate estéril. Aunque
nadie pudo dejar de reconocer su enorme capacidad de
trabajo y su recia integridad personal. Es verdad
también que el carácter de Civit se tornaba dulce en la
intimidad del trato familiar. El libro que a su persona
dedicase su hija Josefina así lo muestra
Fue el
mendocino más poderoso y sin embargo murió pobre,
poniendo en alto el sentido profundo de la política como
acto de servicio. Por ello, de alguna manera, no
obstante las numerosas expresiones recordatorias de su
nombre, queda la impresión de que su ejemplo debe ser
velado, por ser este un espejo en el que muchos
dirigentes actuales no podrían verse reflejados.
La Generación
del Ochenta en Mendoza tuvo en él su más distinguido
representante. Esgrimiendo los ideales de la misma
canalizó su obsesión política, no escatimando esfuerzos
por encauzar a su patria y a su provincia en la senda
del progreso.
Si hubo una
característica esencial en Civit fue su pasión
mendocina. En este sentido, su hogar fue su escuela y en
ella tuvo al mejor maestro, Francisco Civit, pionero de
la vitivinicultura, pero, fundamentalmente, un
constructor de poder. Al respecto, Dardo Pérez Guilhou
afirma: “Hablar de Don Emilio, ignorando al padre, es
mutilar la savia que lo alimenta no tener presente el
verdadero aprendizaje político de aquél”. Para los Civit,
la política fue una herramienta de transformación.
Padre e hijo, con lógicas diferencias en los medios,
coincidieron en los fines. No en vano, durante cuarenta
años, controlaron el poder mendocino.
Víctor Emilio
Civit nació en Mendoza el 4 de octubre de 1856. Por
voluntad paterna, se trasladó a Buenos Aires para
estudiar en el Colegio Nacional y luego comenzar sus
estudios de abogado, los que nunca concluyó al dedicarse
por completo a la función pública y a la política.
En 1878 fue
nombrado secretario de la intervención federal en
Corrientes, dispuesta por el presidente Avellaneda. En
1879, se hace cargo de la Subsecretaría de Hacienda de
la Nación, destacándose desde entonces como un conocedor
profundo de los temas financieros nacionales. En 1882 es
electo diputado nacional, siendo reelecto en 1886 hasta
1889, año en que se casa con Josefa Benegas. Como
diputado brilló singularmente como defensor de la ley
1420, en dónde deja establecida claramente su ideología
liberal positivista. En 1891 es electo senador nacional
completando el mandato de Vicente Zapata. En 1898 es
designado por el gobernador Francisco J. Moyano, como
ministro de Hacienda de Mendoza. Aquí comienza a
delinear los trazos fundacionales de la Mendoza del
futuro. Crea la Oficina de Estadística General y la
Dirección General de Rentas. Preocupado por la salud de
los mendocinos, crea la Dirección de Saneamiento y de
acuerdo con el plan pergeñado por Emilio Coni,
reconocido médico higienista, comienza la construcción
del Hospital Provincial y logra que el gobierno adquiera
mil hectáreas de tierra desértica en el oeste de la
capital provincial para crear un parque artificial, obra
que le valdría críticas destempladas de sus opositores
que se referían a esta como “locura febril”. Pero a
pesar de los agoreros del pasado y del olvido de las
últimas generaciones, el Parque General San Martín es
parte cardinal del paisaje y de la vida de los
mendocinos.
Su primera
gobernación transcurre en 1898, solo por seis meses. Sin
embargo, el tiempo no fue óbice en su afán de hacer.
Crea el Ministerio de Fomento para continuar con su
acción sanitaria, sancionando una ley que proponía
aumentar la dotación de agua filtrada para la ciudad.
Al asumir
Julio A. Roca su segundo mandato presidencial pensó en
alguien de temperamento enérgico y transformador para
que se encargara del recientemente creado Ministerio de
Obras y Servicios Públicos de la Nación. De esa forma,
Civit se convierte en el primer ministro de la cartera.
Como tal, contó con todo el apoyo del presidente, lo que
posibilitó que las obras ejecutadas en su gestión
fuesen tantas que, citamos nuevamente a Pérez Guilhou,
“no es exagerado decir que toda la superficie argentina
tiene algo de él”.
Esta parte de
su camino político es generalmente ignorada, no obstante
ser una de las más fructíferas. Es necesario recordarla
sucintamente.
A su empeño se
debe todo el sistema mercante fluvial argentino. Se hace
la canalización y dragado de varios ríos, entre ellos el
Río de la Plata. Se construyen obras portuarias en
Rosario, Diamante, Concepción, Paraná y Concordia.
Quedan en Construcción muy avanzada los puertos de San
Nicolás, Colón, Esnaleguay, Esnaleguaychín y Santa Fe.
Se termina el puerto de Buenos Aires y el Belgrano. Las
líneas ferroviarias privadas, pasan de 14.000 km. a casi
20.000, duplicando las del Estado, que llegan a 4.000
km.. El agua potable llega a las capitales provinciales
de Mendoza, Jujuy, La Rioja, Santiago del Estero, Salta,
Corrientes, San Juan, San Luis y Catamarca. El servicio
en Capital Federal aumenta considerablemente. Realiza
obras de riego en San Juan, Villa Mercedes y en los ríos
Negro y Colorado. Siembra de escuelas el país, y muchos
de los edificios más importantes de la Argentina, como
el Congreso de la Nación o los Tribunales de Buenos
Aires, son consecuencia de su impulso hacedor. Por tales
razones, el arquitecto Aniceto Puig, estudioso del
urbanismo mendocino y de la vida de Civit, expresa en un
artículo “una constante sorpresa al encontrar
paulatinamente tantos y variados trabajos realizados por
un hombre, sin duda, genial”.
Como ministro,
superó airoso las interpelaciones más severas de
legisladores que, ansiosos de encontrar máculas en su
gestión, se toparon con un auténtico hombre de Estado,
conocedor de los temas de su ministerio y escrupuloso en
el manejo de los fondos públicos, e impetuoso y seguro
para defenderse. Más de una vez, tuvo que aceptar de sus
acusadores una disculpa forzada por la contundencia de
las pruebas que presentaba a su favor.
Al retornar a
Mendoza, su ambición es la de ser nuevamente gobernador,
lo que consigue en las elecciones de 1906. Al asumir en
marzo de 1907 expresa en una frase todo su programa: “Mi
ideal de gobernante es el progreso de la Provincia”. Con
voluntad férrea cumplió su palabra. En su segundo
mandato profundizó los lineamientos de acción que
perfilase durante el primero. Para dar fin al
embellecimiento del parque y a la Capital, al plan de
higienización, al aprovechamiento de los ríos para
extender la superficie cultivada y atender a la
provisión de agua para la población, hacer un censo
científico y estimular las industrias, buscó y trajo a
los mejores. Así nombres como los del paisajista Thays,
del higienista Coni, el hidrólogo Wanters o el
estadígrafo Latzina, entran en la historia grande de la
provincia.
Sienta los
fundamentos de la riqueza viñatera mendocina: construyó
puentes y caminos en las zonas productivas, en procura
de agilizar el traslado de las cosechas. Para aumentar
la superficie cultivable en el sur, construyó obras de
irrigación sobre los ríos Atuel y Diamante. Llega a un
acuerdo con la Compañía de Luz y Fuerza para generar
energía eléctrica destinada a todos sus usos. Firmó los
contratos para construir los principales edificios
públicos. Multiplicó las escuelas en todo el territorio
y organizó la enseñanza de acuerdo a los más modernos
programas pedagógicos. Llevó hacia el oeste los límites
de la Capital, continuando con las mejoras en el Parque,
al que pretendía extender más cuando acuerda con el
escultor uruguayo Ferrari el monumento al Ejército de
los Andes, en el Cerro del Pilar, que hoy es un ícono
mendocino: el Cerro de la Gloria.
Contaba
Edmundo Correas que Civit en su acción de gobierno
“Ganaba el tiempo a las horas trabajando a destajo.
Solía la luz del día sorprenderlo en la tarea que había
empezado la noche anterior, pluma en mano, rodeado de
libros esparcidos por el suelo y los ojos cargados de
sueño”.
Cuando
concluye su gobierno en 1910, coincidiendo con el
Centenario de la Patria, Mendoza estaba íntegramente
transformada. Era la primera economía del interior con
una estructura agrícola-industrial rica e independiente.
Cierto es que, en su gobierno, esta se convierte en la
tierra del vino y de la vid, con productos de calidad
calificados para competir con los vinos europeos.
Mendoza ya tenía impresos los rasgos que aún hoy la
distinguen entre las provincias hermanas, al convertirse
en la expresión tangible de lo que para otros era solo
un ideal: el progreso.
Civit finaliza
su vida política como Senador Nacional, cargo que ocupa
desde 1910 a 1919. El 5 de diciembre de 1920, muere en
la casona familiar de calle Montevideo (donde hoy
funciona la Junta de Estudios Históricos y el Museo del
Pasado Cuyano), acompañado solo por sus familiares y
algunos amigos.
Para terminar
este recordatorio a un mendocino superior, no hay
mejores palabras que las escritas por Dardo Pérez
Guilhou, quien afirma que Emilio Civit: “Nunca puso sus
notables condiciones para ejercer el poder y su dominio
al servicio de bajas ambiciones personales. Toda su
pasión por el progreso material de Mendoza tuvo como
contraparte la austeridad en la vida particular y sus
últimos días los pasó sufriendo verdaderas privaciones.
Nunca buscó su enriquecimiento personal.”.
Nada más atinado para definir a un político de raza. |
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